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      Al inicio del mes de febrero de 1934, recibí las órdenes de la Dirección Federal de Educación en el Estado, para hacerme cargo de la Escuela Rural de nueva creación de San Sebastián del Monte, Municipio de Santo Domingo Tonalá, que a su vez corresponde al Distrito de Huajuapan de León.

      No tenía la menor idea sobre la ubicación geográfica de este pueblo, pero e sentí emocionado al saber que a partir de el día primero de ese mes, quedaba nombrado oficialmente como maestro rural “A”.

      Al darles esta grata noticia a mis padres, ellos se unieron a mí con idéntica satisfacción y alegría.

      Hechos los preparativos necesarios de lo que debí llevar, al día siguiente emprendí el viaje a pie en compañía de mi padre.

      Al término de una jornada de ocho horas, venciendo todas las irregularidades del accidentado geográfico del camino, arribamos a la comunidad indicada a eso de las tres de la tarde.

      Decepcionante fue la impresión que experimenté al tener a la vista aquella pequeña ranchería incomunicada, monótona y paupérrima.

      Escondida en una estrecha hondonada que forma una sucesión de lomas pelonas sin señales de vida, de extrema aridez, allí está el pueblo en lo alto de los montes soportando su miseria.

      Cuando me presenté ante la autoridades manifestándoles que yo era el maestro nombrado por el gobierno federal para atender a la educación de los niños, se colmó mi desaliento porque tanto el señor Agente Municipal como el que lo hacía de su secretario, los hallé totalmente descuidados en sus personas, desde su ropa, manos, caras y cabellos, con olor a bebidas alcohólicas y hablando un defectuoso español, se consultaban uno al otro que hacer.

      Mientras tanto, les pregunté dónde podríamos conseguir algo para comer, porque mi padre y yo, teníamos la necesidad de satisfacer el hambre.

      Me contestó el agente: señor maestro; aquí no va usted a conseguir nada, no hay quien venda comida. Todos somos campesinos y cada quién vive como puede.

      Después de los cuchicheos entre ellos, el agente nos invitó a su casa a comer. Su esposa, una mujer demacrada, de, mirada lánguida y pasos lentos, que no entendía el español, menos hablarlo, nos preparó en molcajete de salsa picosa, nos sirvió un plato de frijoles hervidos y unas tortillas recalentadas, con lo que colmamos con lo que colmamos esa imperiosa necesidad.

      Al caer la noche, nos llevaron a una casa destartalada con techo de palma y descubierta por los lados, proporcionándonos unos petates mohosos y roídos por los bordes y un lamparita rústica de petróleo para alumbrarnos. El cansancio que sentimos fue excesivo y por lo mismo pronto nos dominó el sueño.

      Al amanecer del siguiente día, mi padre tomó el camino de regreso dejándome recomendado con esas mismas personas que me ayudaran a resolver favorablemente lo de mi alimentación y hospedaje.

      Al despedirnos, me sentí abandonado a mi propia suerte pero al mismo tiempo con libertad para enfrentarme a la solución de los problemas de la vida real.

      Ante esta disyuntiva, pensé por un momento retroceder, acudir ante las autoridades superiores y solicitar la cancelación de mis órdenes y pedir un cambio a otro lugar que contara con mejores condiciones, pero de pronto reflexioné que mi obligación profesional me exigía cumplir con la misión a la que me propuse: ayudar, enseñar y sacar de la ignorancia a los pueblos más humildes y por lo mismo marginados. Debo hacer algo por ellos y me quedé.

      De inmediato recogí referencias de una familia que no era originaria de ese lugar pero avecinada por algún tiempo con un incipiente comercio, recurrí a ella y una vez explicado el motivo de mi entrevista, aceptó proporcionarme los alimentos, En cuanto a hospedaje, me entregaron una casita de techo cónico y de palma, cubierta alrededor por varas de todiche (se obtiene de órganos que llaman gigantes) con muchas rendijas por donde se colaba el viento y el frío. La puerta era de otate con las mismas desventajas, piso de tierra suelta y sin cama de modo que me pasé varios días durmiendo en el suelo igual que los mismos vecinos que no las usaban, Más adelante explicaré el proceso del cambio.

      Resueltos en un mismo día estos apremiantes casos me entregué en cuerpo y almo a las tareas específicas que me correspondían.

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