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      Como no hubiera un local exclusivo ni espacio destinado para tal objeto, me instalé en una casa de regulares dimensiones pero de la misma hechura, techo de palma y cercada de achual, sin mobiliario de ninguna especie; abrí las inscripciones, previo aviso sobre los requisitos que debían cubrir los solicitantes y me encontré con el primer inconveniente que los niños carecían de apellidos y sólo respondían por sus nombres como Juan, José, Pedro de Jesús, Felipe, Miguel, Rosa María Lorenza Inés, etc., y así hasta terminar, Unos trozos de mesquite o de encino, sirvieron de asiento a mis alumnos. Esta fue mi primera escuela.

      Comencé mi labor docente encontrando un de los mayores obstáculos; el dialecto. Todos los niños hablando el mixteco, su lengua materna.

      Difícil situación por esta discrepancia del lenguaje y surge la interrogante ¿qué debo hacer? Castellanizarlos. Después vendrá lo demás.

      Adquirí una pequeña agenda formulando un diccionario Mixteco-Español o viceversa, preguntando y anotando el significado de las palabras más usuales de los mismos niños, es decir, se convirtieron en mis maestros, naciendo entre ellos y yo una gran confianza y estimación logrando poco a poco los mejores resultados; dejaron de hablar su dialecto durante su estancia en el aula. Seguro ya de este logro. Inicié la enseñanza-aprendizaje de la lectura y escritura.

      Utilice el método silábico o de Rébsamen, aprendizaje de las vocales, consonantes; sílabas, directas, inversas, compuestas; palabras monosílabas, trisílabas, cuadrisílabas; frases, oraciones de acuerdo al grado escolar. También me dio buen resultado el Onomatopéyico, que en ocasiones tuve que emplear. Paralelamente la escritura con la letra pálmer que era la usual, toda esta actividad, a mi manera, con mi propia técnica, lo cierto es que al terminar el curso escolar, todos mis alumnos leían y escribían no con la debida perfección pero sí con un nivel aceptable. Respecto a números adquirieron el conocimiento manejando bien las operaciones fundamentales de acuerdo a su edad y grado.

      Material didáctico en abundancia de la propia naturaleza, se desconocía lo comercial. Para otras áreas el mismo procedimiento.

      Quiero destacar aquí la utilidad, el aprendizaje, el aprovechamiento que rinden los juegos organizados, dirigidos desde el principio hasta el final, por el propio maestro. El recreo como ahora se practica, no se daba en aquel entonces, sin embargo, yo jugaba diariamente con mis alumnos enseñándoles lo que ere una rueda o circunferencia, una línea recta, una ondulada, paralela, horizontales, verticales, movimientos de rotación, de dirección, de altura, de distancia, etc., éstos más que el pizarrón y el gis, me dieron óptimos resultados.

      Entre ellos hubo varios muy hábiles para lis cálculos y mecanizaciones numéricos, otros en la escritura, los demás en dibujo y así sucesivamente. Trabajos manuales bien elaborados, cantos escolares, todos imprimían con entusiasmo sus vocecitas bien timbradas, sus caritas alegres y toda su emoción infantil. Nunca los olvidaré.

      Después de tres meses de impaciente espera, me llegó el aviso para ir a cobrar mis sueldos con radicación en la oficina Subalterna de Hacienda en Huajuapan de León distante a muchas horas de camino del lugar de mi trabajo.

      Con el apremio requerido me trasladé a aquella ciudad acompañado nuevamente por mi padre para protegerme contra cualquier incidente en el camino porque en es época no circulaba el papel-moneda sino dinero en efectivo que despertaba sospechas por cualquier motivo y de allí los robos o asaltos que sufrían los portadores en despoblado.

      Recibí pues la cantidad de ciento sesenta y un pesos, veintidós centavos que me pareció mucho, porque un peón del campo trabajando ocho, diez o hasta doce horas diarias ganaba veinticinco centavos.

      Satisfecho este cobro, procedí a liquidar mi deuda con aquella familia que sin exigirme, pudo esperarme tanto tiempo.

      Una tarde que llegué a comer un poco después de la hora acostumbrada, me hallé inesperadamente ante una escena lamentable y penosa; había surgido entre los esposos una terrible riña que llegó al máximo del salvajismo la señora sangraba fuertemente de la nariz con el vestido a manchado en gran parte, dos de sus niños menores colgados de su vestido y el bebé tirado en el suelo levantando pies y manos con la carita enrojecida de tanto llorar sin poder entender el porqué de ese momento de tanta crueldad, por su inocencia. El señor, con un garrote en la mano presta a seguirla golpeando lo que no pudo lograr por mi instantánea presencia. Todavía tuvo la desfachatez de invitarme a pasar, pero apenado por ello sin poder intervenir, me di la media vuelta y regresé a la escuela, quedándome sin comer hasta la noche tomé un café negro en la casa de uno de mis alumnos.

      Por ese lastimoso cuadro familiar donde me llegué a sentir seguro y protegido muchas veces y cuyo origen nunca supe, opté por dejar aquella asistencia y me decidí a preparar personalmente los alimentos.

      Adquirí un pequeño brasero de barro, un comal del mismo material y otros enseres de cocina. Contaba con la ayuda de los niñas que me traían el agua y la leña. No fue esta decisión muy acertada porque duplicó mi trabajo, aparte de no saber de condimentos por sencillos que fueran, no debía descuidar la docencia y así con torpeza o desgano, tuve que hacerlo hasta terminar el curso escolar.

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