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      Ante tanta escasez, tanta insalubridad e indigencia, no se debían formular planes o proyectos a largo plazo, sino su aplicación inmediata. Proyecté la construcción de una aula, superando todos los obstáculos como la localización del terreno, la construcción de adobes con la participación de los vecinos, padres de familia, pero sobre todo, para los niños que la celebraron con algarabía.

      ¿Cuál no sería para mí?... Un orgullo, un palpable éxito.

      En cuanto al aseo individual de mis alumnos para ponerlos al nivel de limpieza que reclamaba nuestra aula, organicé la primera excursión al campo con el premeditado propósito de llegar hasta el río distante a unos seis kilómetros. Un día antes les pedí que llevaran jabón, estropajo y toallas (que no las usaban) además sus itacates. La reunión en patio de la escuela. Salida, a las ocho horas. Llegaron puntualmente. Nos acompañaron tres padres de familia. Yo iba provisto de unas tijeras de peluquero, un espejito de pared de mi uso personal, una toalla y lo usual para el baño.

      Cuando llegamos al río los niños se dispersaron como ardillitas, unos trepando los árboles y colgándose de las ramas, otros subiendo sobre las enormes piedras y saltando la arena mullida y suave que acumulaban las grandes corrientes en la época de lluvias. Las niñas permanecían sumisas, silenciosas y cubriéndose las caritas con las manos, más bien como asustadas que no alegres.

      Aquel paraje era maravilloso sintonizado por los gorjeos de los pajarillos que extendían sus alas volando de un árbol a otro, de color claro oscuro por la frondosidad de los elevados árboles y las diminutas plantas que alfombraban los espacios.

      Para que se bañaran en un remanso apropiado que yo mismo localicé y a una distancia regular río abajo otro remanso para las niñas, que al fin se animaron.

      Les ordené que antes de meterse al agua lavaran su ropa y la tendieran sobre las piedras ya calentadas por el sol para que al salir ya estuvieran secas para vestirse, lo que hicieron muy entusiasmados, niños y niñas.

      A continuación me coloqué a la sombra de un corpulento ahuehuete colgué el espejo a una altura conveniente y empecé a cortarles el pelo a los que lo llevaban más crecido, sucio y piojoso. Varios de ellos los dejé rapados. Con los dedos ampollados y doloridos, pero satisfecho por haber alcanzado mi objetivo.

      Llegó la hora del refrigerio, todos en rueda sobre el pasto verde y limpio colocadas las servilletas, niñas y niños con lo que cada quien había podido llevar; cecina, queso, pollo, frijoles, tortillas, sin faltar la salsa y la sal; Con qué apetito consumimos aquellos alimentos. Nadia quedó sin probar un poquito de lo servido aún aquellos que por su extrema pobreza no pudieron llevar algo.

      Cuando iniciamos el camino de regreso me invadió una inmensa alegría al ver a mis alumnos blanquear como copos de algodón por sus ropas lavadas y el pelo recortado. Los padres de familia que nos acompañaron también demostraban sentir lo mismo.

      Al siguiente día surgió lo que no esperaba. Los papás de los niños tapados se sintieron ofendidos por mi acción y asumieron una actitud impetuosa y amenazante en mi contra, me rodearon y trataron de golpearme viéndome vencido e indefenso. La llegada oportuna de las autoridades me libró de ese momento crítico. Su intervención calmó a los inconformes que poco a poco se fueron retirando. Quedó olvidado el disgusto.

      LA COMUNIDAD: Mi trato constante con los vecinos y las visitas domiciliarias que realizaba, me dieron la oportunidad de conocer a fondo sus costumbres, creencias, supersticiones, ritos, vicios, etc. Contemplado totalmente este panorama social, creí de mí deber desterrar estas lacras, combatirlas a través de mis pláticas y sacar a los habitantes de su estancamiento.

      Para no abundar, relato un breve aspecto ligado con el fanatismo y el alcoholismo.

      En uno de los extremos de la casa que ocupaban como oficina, había dos cruces de madera de regular tamaño cortadas de algunos árboles que adoptaron esa forma al crecer, que ellos consideraban como un pequeño lugar de adoratorio, por lo que, el que acudía a tratar sus asuntos de carácter administrativo o delictuoso, tenían que santiguarse ante esas cruces y después saludar a las autoridades con reverencia y sumisión.

      Durante el transcurso de las pláticas, se obsequiaba a ambas partes las primeras copas de aguardiente siguiendo la secuencia según el número de solicitantes hasta que se llegaba a la embriaguez y se perdía todo orden y respeto, lo que repercutía ante los vecinos adultos y niños.

      Sin abandonar mis funciones específicas, aprovechaba, las horas libres para entablar pláticas sobre estas costumbres mal fundadas, como la de confundir las creencia y el consumo del alcohol en plena oficina y que era necesario separar una cosa de la otra. Las cruces, al templo o iglesia y los asuntos civiles en la oficina. Dejar el alcohol que destruye el organismo, trastorna los sentidos, destruye la dignidad y acaba con la salud.

      Escucharon y aceptaron mis recomendaciones. La visita de un sacerdote a la iglesia del lugar, la aproveché para presentarle mi plan y después de dialogar brevemente sobre el tema aprobó mis puntos de vista, procediéndose el traslado de esas cruces a la pequeña iglesia del pueblo. Hecho el desalojo nos dimos a la tarea mis alumnos y yo al aseo y limpieza del local, dejándolo en condiciones agradables, y ordenado.

      Había mucho qué hacer y no convenía dejar pasar el tiempo.

      Esta misma actividad se extendió a la comunidad. Integré varias comisiones con los niños y un sábado nos distribuimos en el pueblo a recoger toda la basura habida en los patios, en los corrales, dejando grandes montones que fueron quemados al amanece del día siguiente y a la mismo hora, causando asombro entre el vecindario por la gran cantidad de humo que se elevó y que al verlo otras personas del pueblo vecino acudieron presurosos a preguntar qué había pasado, pues de pronto creyeron que se había incendiado el pueblo de San Sebastián del Monte. Pronto se desengañaron que no era eso, sino consecuencia de una higiene comunal realizada por el Maestro Rural de aquella comunidad.

      Así transcurrieron los primero meses de ese año y la proximidad de las fiestas patrias ya reclamaba otra necesidad. El espacio apropiado para el desfile conmemorativo y la celebración del tradicional grito. Como no había calles en la comunidad, propuse a las autoridades y padres de familia que se trazaran porque era necesario, convencidos de ello, iniciamos el trazo de las mismas enfrentándose a una resistencia fuerte y enojosa por las afectaciones de predios de algunos vecinos, pero se buscó la mejor solución a estas protestas, desde luego muy justificadas, pero por otro lado se dio realce a la festividad cívica patriótica y a la propia comunidad.

      Todo los vecinos prestaron su colaboración hasta para reconstruir una casa que hubo necesidad de tirar por el trazo de una de las calles, con un verdadero espíritu colectivo aportaron el material necesario dedicándose a la faena como un enjambre de colmenas, hombres, mujeres y niños.

      ¡Cuanta amargura para tanta satisfacción!

      Ganada la confianza, acreditada la amistad y asegurado el respeto ante los vecinos, acordaron proporcionarme los alimentos gratuitamente, al grado que durante meses no pagué la alimentación.

      En agradecimiento a esta espontaneidad, traía de la ciudad de Oaxaca, durante mis vacaciones, muchos juguetes que les regalaba a mis alumnos, que los hacían sentirse felices, niños y niñas.

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