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      1935.- Otro año más y con el mismo ritmo de trabajo; ya contaba con dos grupos, primero y segundo grados, Era prudente preparar el material y manos a la obra: mi pequeño plan de trabajo, los horarios, las materias académicas, atendiendo a un grupo, dejando tareas al otro y en un mismo salón y en viceversa, yendo de un extremo a otro. En otras actividades la acción era mancomunada: educación física, canto, dibujo, etc. Todo marchaba normalmente.

      A pesar de ello, no me absorbía el medio, como llega a suceder, para mí era una promesa profesional, el de cumplir y servir sin presiones de autoridad alguna u ordenamiento oficial.

      Hubo momentos de incertidumbre, de indecisión tal vez hasta de pesimismo, que me orillaron a serias reflexiones, mi estancia en aquel ambiente tan desolador y monótono que espiritual socialmente me oprimían, por suerte, todo fue olvidado.

      En todas las comunidades, pequeñas o grandes, el maestro encontrará personas afines a sus ideas, a sus propósitos, sus pensamientos, así como muchos en sentido opuesto.

      Difícilmente, un amigo. Un saludo, una sugerencia, una amena conversación, son sus mejores alicientes.

      Este pequeño paréntesis, tiene relación con hecho que expongo a continuación:

      En no de aquellos días de muy escaso ánimo para mí, recuerdo que fue un sábado, intempestivamente, tuve la visita del señor Agente Municipal, don Francisco Albino quien me relató su historia diciendo:”participé en las filas de la revolución y la vida que pasé como soldado raso, me enseñó muchas cosas, buenas y malas. Creo que ya estaba terminando cuando me llevaron.” Le creí, porque al hablar, su voz se entrecortaba y sus ojos se cubrían de un cristalino lagrimeó. Se había tomado sus copas.

      Interrumpió su plática inicial, interrogándome: “¿Sabes fumar maestro?” –No lo acostumbro señor,- fue mi respuesta. –“¿Tomarte una copa?” Menos. Nunca lo he hecho. Le respondí.

      Prosiguió. “Debes aprender a fumar, esto es para pasar el rato entre amigos o cuando uno está sólo o preocupado por algo” “A propósito, voy a contarte un cuento ¿quieres?” Claro que sí, le indiqué. Bien.- Este era un joven como tú, de pocos años de edad, que se enamoró de una muchacha y al declararle su amor, ella le dijo: “Te corresponderé, cuando seas hombre”. Esto, puso en apuros al pretendiente, pues no alcanzaba a descifrar el contenido de aquellas palabras. Tiempo después se entrevisto con una señora de su confianza y le pidió que lo sacara de la duda. Con una sonrisa maliciosa, ésta le dijo: ¡Ah, que muchachito! Te preocupas por una cosa tan sencilla. Mora: ve a la tienda y cómprate un marrasito (botella pequeña de aguardiente), una cajetilla de cigarros con sus respectivos cerillos y cuando llegue la hora que siempre la vez, tómate uno o dos traguitos, fúmate un cigarro de modo que el viento lleve hacia ella el olor del tabaco, acércate y dile que te corresponda y verás que no habrá negativa de su parte. Aquel joven más que a prisa puso en práctica lo aconsejado y cuando lo creyó prudente, se le acercó pidiéndole la respuesta, ella le contestó “estás correspondido”, “ahora si hueles a hombre”.- Y entre risas y risas terminó el cuento.

      Continuando con su narración inicial, sacó en seguirá de una bolsita de manta hecha ex profeso que siempre llevaba, una hoja de totomoxtle (hoja muy delgada que sirve de envoltura a la mazorca) recortada al tamaño y humedeciéndola con la punta de la lengua puso sobre ella el tabaco ya triturado que extrajo de la misma bolsa y retorciéndolo hábilmente me lo cedió invitándome a fumar como él lo hacía plácidamente con el suyo que estaba por terminarse.

      Por curiosidad y por lo ameno de aquella conversación y complaciendo al amigo, le di al cigarro unas cuántas fumadas pero el fuerte olor del tabaco y el humo que alteró mi respiración, me hicieron lacrimoso, causándome mareos y náuseas dejé de fumarlo. El amigo se reía disimuladamente ante mi reacción, pero me infundió confianza y me llené de optimismo para continuar mi labor, contando siempre con su influencia sobre la comunidad y su apoyo personal decidido.

      Lo recuerdo con mucho afecto porque a pesar de su analfabetismo, su autoridad moral y su visión de líder natural permitieron el avance del pueblo hacia el progreso.

      Toda persona ajena a la comunidad que acudiera a él en demanda de ayuda, información o queja, supo darle la mano para la solución de sus problemas. En todo el contorno era conocido simplemente por Chico-Albino, pero al levantar el censo le fijé el apellido Álvarez. Supe que su muerte acaeció poco después de mi salida de aquella comunidad. Guardo con respeto su memoria.

      Sin haberlo solicitado los padres de familia acordaron sembrar de maíz y frijol un terreno como de una hectárea para ayudarme económicamente. Sin que es hablara entonces de parcelas escolares. Levantaron la cosecha y la trasladaron a lomo de bestias hasta mi casa paterna venciendo una larga distancia y áspero camino. Fue el resultado de, mi preocupación por el mejoramiento comunal en sus deferentes aspectos.

      Para la alfabetización de los adultos, el alumbrado consistía en lámparas improvisadas de petróleo o rajitas de ocote colocadas sobre trípodes de madera que sostenían una piedra plana y nada más. Los interesados acudían gustosos y su empeño les reportó n aprendizaje favorable en la lectura y escritura.

      Aquí no influyó ningún ordenamiento oficial ni presión de autoridad inmediata superior, sin exclusivamente la voluntad del suscrito.

      Recuerdo aquel mes de abril como a mediados, estando en clases, vi a muy corta distancia frente a mi escuela, se apeo del caballo un señor bien vestido y confundiéndolo con algún comerciante o sacerdote; sin hacerle caso, seguí trabajando con mis alumnos, hasta que aquel caballero penetró al salón, saludó a los niños, se dirigió a mí, extendió su diestra y dijo: Soy el inspector escolar y vengo a supervisar su trabajo. Le estreché la mano y le di los buenos días. Me quedé frío, atónito, sentí temor y esperé que continuara. Vengo a visitarlo. Que los niños salgan un rato para que platiquemos. Hice lo ordenado. ¿Qué tiempo lleva de trabar aquí? Lo que va del año señor profesor. ¿Cuántos habitantes tiene la comunidad? Cuatrocientos diecisiete. ¿Levantó el censo de población, verdad? Sí. ¿Escolar? No. ¿Su horario de clases? No.

      Terminado el interrogatorio, vinieron las recomendaciones, las sugerencias, la organización de la escuela, el control de documentación oficial, la organización de los padres de familia, etc., todo cuanto se necesita para un buen resultado.

      Sin más espera, me dio la mano y las buenas tardes. Volvió a montar en su caballo y desapareció.

      Cuando pasó mi nerviosismo y volví a la calma, deduje mis apreciaciones sobre aquel personaje como exigente y con eficiencia profesional.

      No me dio oportunidad de ofrecerle algo, algo que justificara mi cortesía. Solamente me quedó clara la idea de que la jerarquía de un Inspector Escolar, imponía respeto no tanto por su persona física, sino por la autoridad ue representaba sobre todo en el terreno educativo.

      Posteriormente, intercambiando pláticas ente los compañeros sobre esta visita sorprendente, tuve referencias de él, que fue injusto, implacable, imponente, desconsiderado y otros epítetos.

      Para mí fue todo lo contrario. Solo recuerdo su nombre porque jamás lo volví a ver. Se llamaba Simón Rodríguez.

      Apartándome de lo puramente escolar y considerándolo como un atenuante al cansancio, relato aquí otro acontecimiento.

      En este mismo año el señor General Lázaro Cárdenas. Siendo ya Presidente de la Republica, visitó el Estado de Oaxaca, en cuyo itinerario quedó incluida la ciudad de Huajuapan de León.

      Se invitó, más bien se ordenó a todas las autoridades de la Mixteca y su población en general al recibimiento y salutación al señor Presidente. Nos organizamos los de mi comunidad con las otras cercanas integrando un numeroso contingente. Les indiqué que llevaran una gruesa de cohetones de la mejor calidad para quemarlos a la hora de la llegada del señor Presidente. Así lo hicieron.

      Cuando iniciamos la salida, muy de madrugada se nos agregó un anciano quizá con más de setenta años que quiso acompañarnos. Por más que se trató de convencerlo que era largo y difícil el camino, él insistió y se fue con nosotros.

      Desde las ocho horas de la mañana se ordenó la colocación de los contingentes para hacer la valla, tocándonos en serte de quedar no a mucha distancia del Palacio Municipal.

      Llegó a las diez de la mañana y se movilizó la gente como enloquecida por querer ganar el mejor lugar para obtener cuanto antes las audiencias y estrechar las manos de tan popular y encumbrado personaje.

      Entre la comitiva presidencial iba un ingeniero agrónomo apellidado Martínez que fue mi maestro en la Escuela Normal que al pasar frente a nosotros al verme me tomó del brazo y me hizo pasar al interior del Palacio Municipal donde se revolvían los más altos personajes de la política nacional y un enjambre de políticos locales caciques y lambiscones que impedían el paso a la gente mas humilde.

      Me presentó con el ingeniero Antonio Villalobos, Jefe del Departamento Agrario quien ordenó que se me anotara en séptimo lugar para pasar a la audiencia.

      Puse el tanto a mi contingente y cuando se nos anunció pasamos todos a saludar al señor Presidente. En ese, momento empezó la quema de los cohetones en la azotea del edificio, entonces el general levantándose un poco de su asiento y apoyando sus fuertes manos al bordo de la mesa, preguntó ¿qué es eso? Le contesté: Son cohetones señor Presidente, los están quemando en su honor. Hechos por estos campesinos que usted tiene aquí enfrente. Los felicito. ¡Qué estallidos! ¡Que estallidos! Muy buenos, repitió.

      Salimos del Palacio muy emocionados dando lugar a cientos o quizá miles de personas esperando su turno.

      Cuando todo pasó, nos dispusimos a regresar (aquí viene la anécdota) nos dimos cuenta que aquel viejecito llevaba el puño de la mono derecha bien cerrada y daba la izquierda al saludar. Alguien le preguntó: señor ¿Qué le pasó a su mano derecha? Nada. Nada. Lo que pasa es que esta mano estrechó la mano de un Presidente de la República, lo que nunca me imaginé y a mis años, y ahora como juramento no la abriré hasta un plazo de quince días para saludar con ella, Fue tanta su emoción, tanto el honor que experimentó que decidió conservar el recuerdo de esa fecha en la forma descrita.

      Volviendo a lo de la educación, diré algo más. Como era necesario ampliar el cupo escolar, me propuse a la construcción de otra aula siguiendo el mismo procedimiento. Se inician los trabajos con el material reunido, unos por compra y otros fabricados pos los mismos vecinos, esta construcción alcanzó una altura de un metro y medio a la redonda que ya no vi terminar porque al finalizar el curso, me separé de la comunidad. Hubiera prolongado mi estancia en ella, pero el afán de superarme profesionalmente, ampliar mi experiencia hacia otros horizontes me decidió a hacerlo.

      Fue mi despedida ciertamente conmovedora porque mis alumnos al darme el “adiós” todos lloraban, lo que correspondí en igual forma, porque no pude ocultar el mismo sentimiento que dominaba. El arraigo de mi afecto a aquellos niños me quedó grabado para siempre.

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