Año de 1942

      Al efectuarse en la ciudad de Querétaro la primera convención nacional del magisterio en 1942 para la unificación del gremio en un solo sindicato, pues en cada Entidad Federativa surgieron en forma aislada y local organismos de este tipo. Desempeñando yo el cargo de Secretario General de los maestros de aquella Zona Escolar, correspondiente al Sindicato Único de Trabajadores de la Educación del Estado de Oaxaca, el (SUTEEO), me tocó asistir con la Delegación estatal. Se nos destinó de Ferrocarriles Nacionales un convoy especial que nos trasladó a aquella ciudad en viaje de ida y vuelta. De allí nació el Sindicato Nacional de los Trabajadores de la Educación (SENTE) con el lema “POR LA EDUCACIÓN AL SERVICIO DEL PUEBLO”. El primer Comité Ejecutivo Nacional, presidido por el Prof. Luis Chávez Orozco.

      De regreso a la ciudad de México, aproveché la ocasión para quedarme dos o tres días dedicándome a buscar una permita. Mi objetivo era acercarme al Distrito Federa. Encontré lo que buscaba y en entrevista con el solicitante convenimos la permuta y hechos los trámites debidos fue aprobada por la Secretaría.

      Mi cambio al estado de Hidalgo que no conocía, me sorprendió y desanimó un tanto, por la aridez de sus tierras, el calor sofocante y llanuras sin agua, lo contrario de la región que había dejado.

      Con las órdenes que llevaba me presenté a la Dirección Federal de Educación y qué impacto inesperado, me encontré con el Secretario Guillermo Allier, el mismo que yo había tratado con el mismo cargo en la ciudad de Oaxaca. Me recibió con la mauro amabilidad y en sus ratos libres, me llevó a conocer la ciudad. Por él supe que el Director era el Prof. J. Concepción San Salvador, que fue Director de la Escuela Normal Rural de Cuilapan de Guerrero, donde realicé mis estudios y contra quien luché con un grupo de compañeros hasta conseguir su salida, por habernos reducido la alimentación y haber retirado la servidumbre de la lavandería y cocina. Es decir me conocía perfectamente. ¿Que me esperaba yo? Un desquite.

      Cuando llegó el momento de entrevistarme con él, nos dimos el saludo con la cordialidad de amigos. Ni una palabra sobre lo pasado. Me dijo que por el momento no había un buen lugar para ubicarme, que esperara unos días y mientras me dedicara a conocer la ciudad; me propuso que podía ocupar un cuartito disponible en el propio edificio de la Dirección para evitarme los gastos del hotel lo que acepté por mi raquítico presupuesto. Tomaba los alimentos en el mercado 1º de mayo. Mis recorridos por la ciudad con mi buen amigo Allier quedaron satisfechos, solamente había que esperar.

      Al fin se me ordenó pasar a la población de Ixmiquilpan, para tomar posesión de la escuela rural de El Maye, barrio adyacente a la ciudad. Abordé el autobús que va sobre la carretera Panamericana que pasa por ese lugar y nuevamente contemplé el terreno más desolador, desértico y hostil, hay que cumplir siempre.

      Mi adscripción para esa escuela, provocó en los compañeros una actitud de rechazo e inconformidad, exponiendo derechos de antigüedad en la Zona y preparación profesional para ocuparla.

      Ante esta reclamación muy justa por cierto, les informé a los representantes sindicales, e Inspector Escolar, que yo llegaba de una región muy lejana de mi Estado, acostumbrado a trabajar en los medio rurales, dando a entender que no me interesaba ubicarme en un medio urbano, no quería tampoco motivar un problema de tal naturaleza, que los dejaba en libertad para que gestionaran la cancelación de estas órdenes y se me ubicara en otra escuela, mientras tanto yo tomaba posesión para no salir perjudicado.

      Pasaron los días y los meses y nunca supe qué trámite le dieron al asunto, yo seguí laborando normalmente en es escuela. Pronto me atraje la amistad de todos mis compañeros incluyendo a los inconformes.

      El dialecto otomí fue el gran inconveniente que encontré en el desarrollo del trabajo docente y el horario continuo que prevalecía en la Entidad del que no estaba acostumbrado. Se perdía mucho tiempo, las tardes eran para mí tediosas. Los maestros foráneos se entregaban a la vagancia, para los originarios era provechoso, atendían sus intereses personales.

      Cuando pude darme cuenta de lo que era el Valle del Mezquital en su conjunto, por mis visitas a varios lugares, poblada de gente escuálida por la mala y escasa alimentación, explotada inicuamente por el mestizaje local y hasta extranjero, el caciquismo político deshumanizado de su propia raza en convivencia con las altas autoridades, me causó un profundo desaliento, comparado con la etnia mixteca oaxaqueña de la que ya hice mención en líneas anteriores, Este era lo indecible, injusto hasta el extremo, pero impotente por mi propia situación, nada pude hacer a favor de este pueblo.

      Describo aquí un solo cuadro de los que pude observar: grupos pequeños de otomíes a la sombra de un mezquite añoso de tronco torcido, ceniciento por el polvo que levanta el viento y se acumula en sus ramas, consumen el pulque en jícaras de acocote de a litro que se pasan de mano en mano y torciendo las fibras del maguey en sus acostumbrados malacates para tejer los ayates con los que cubren las espaldas, hombres y mujeres, morrales, lazos, etc., que expenden en el mercado los días de tianguis a precios irrisorios, Terminado el pulque que contiene la olla o la bota de cuero de cabra que también usan para depositar esa bebida, se dispersan y regresan a sus chozas de pencas, los que se mantienen aún con seguridad de hacerlo y los que no allí mismo se dejan caer hasta que se les pasa el efecto da la borrachera.

      Me preguntaba: ¿Cómo es posible que este pueblo haya sobrevivido ante tanta miseria, resistido en terreno inhóspito y la indiferencia de las instituciones públicas para acudir en su auxilio?, ¿Mejorar su paupérrima condición, combatiendo su analfabetismo para sacarlo de su marasmo? ¿Acaso no es un componente de nuestra misma nacionalidad y con los mismos derechos a la protección de sus vidas? Así meditaba a solas. Era un desconocido.

      Preví que vendría el cambio. Presentí que no tardaría mucho y en sustitución de aquellas acciones aberrantes, llegaría una época mejor.

      Tuve la oportunidad de ver que así sucediera.

      Se creó el Patrimonio Indígena del Valle del Mezquital, una institución encargada de atender y resolver los problemas ancestrales de ese pueblo, económicos, sociales y políticos. Creo que un 50% se benefició. Más tarde se introdujo el agua de riego fertilizando aquellas paupérrimas tierras convertidas ahora en espacios de producción constante de artículos básicos para la alimentación del pueblo.

      En ese año de 1942, por decreto del gobierno del Gra. de División Manuel Ávila Camacho, Presidente de la República, se implantó el servicio militar obligatorio para todo ciudadano apto; mis compañeros de esa región y yo fuimos enlistados para recibir la instrucción militar y convertirnos en elementos de reserva del ejército. La entrada de México a la II Guerra Mundial junto a los contingentes de los países aliados, dio lugar a esta disposición. Recuerdo al Escuadrón 201 de la Fuerza Aérea Mexicana que fue enviado a los frentes de batalla.

      Entusiasmó a muchos de los que nos encontrábamos en la plenitud de nuestras facultades y atemorizó a muchos que quisieron evadir este ordenamiento sin lograrlo.

      Durante las prácticas fuimos seleccionados los que dimos pruebas de eficiencia para fungir como instructores con distintos grados. A mí mi correspondió el de Sargento 1º. De Pelotón y se me responsabilizó de la instrucción de este grupo.

      Después de haber concluido el tiempo de entrenamiento nos uniformaron igual que el ejército en activo.

      Fuimos concentrados en la ciudad de Pachuca, capital del Estado y en un campo abierto a manera de estadio. Presentamos prácticamente los conocimientos y habilidades adquiridas, frente a los jefes militares de alta graduación, quienes nos felicitaron eufóricos.

      Al retornar a nuestra sede, el capitán Mosqueda, nos arengó emocionado felicitándonos por el éxito alcanzado.

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