Años de 1948 a 1949

      Por acomodamiento del personal docente, la Inspección Escolar, dispuso mi cambio a la escuela Rural de Mangas del mismo Municipio Una de las más conflictivas y con antecedentes sumamente negativos. Los maestros que laboraron en ellas antes de mí, sufrieron vejaciones, burlas, hipocresías, menosprecios, etc.

      Mis compañeros y amigos se opusieron a mi cambio, pero los convencí de que mi decisión era firme, que no podía retroceder y me acicateaba el deseo de comprobar hasta dónde eran ciertos los comentarios. Quería conocer ese ambiente. Lo que aceptaron.

      Me trasladé a la comunidad y me presenté con el Presidente del Comité de Educación que me pareció muy buena persona, muy locuaz y ceremonioso en su trato con un lenguaje recargado de cortesía y ensalzando la labor de los maestros, en fin, actitudes que no me convencieron no me extrañaron. Llevaba cierta experiencia en mi trato con otras personas a las que por cualquier motivo insignificante se dan su importancia para hacer sentir su autoridad y poder de control sobre los timoratos.

      Por cierto que este individuo, según informes confidenciales, venía siendo el presidente vitalicio en ese cargo y que nunca rendía cuentas de su administración.

      Pues bien: a unos cuántos días de haber tomado posesión de la escuela, fui incitado a la casa del señor mas connotado de la localidad, es decir, del que manejaba todo, para bien o para mal en el Municipio y con influencias ante el gobierno Estatal y Federal. Había desempeñado cargos de elección popular, como Diputado Local, Federal y de Senador Suplente, reciente en esos años. Un hombre ya pulido en la política, reservado y astuto, a pesar de sus escasos conocimientos. Era necesario conocerlo y saberlo tratar.

      Me recibió con adecuada atención y hechas las presentaciones recíprocamente, tomamos asiento en el gran corredor de su casa. Surgió su pregunta como a boca de jarro ¿Usted es el maestro que viene a trabajar en nuestra escuela? Si señor, a sus órdenes, le contesté dándole mi nombre. El me dio el suyo y resultamos ser tocayos. Pues si de veras va usted a cumplir, cuente con nuestro apoyo, porque otros que han venido no han sabido responder con su misión y mejor se van por eso no hay adelanto en los niños.

      Señor, es muy prematuro para mi prometer o decir hasta dónde o cómo podría cumplir y lograr un buen resultado como profesor, pero traigo la intención de servir a la educación con empeño para que los niños de esta comunidad alcancen un buen aprovechamiento, contando con el apoyo de los padres de familia porque todos tenemos la obligación de trabajar unidos. Él respondió: eso es muy cierto, me agradan sus palabras. Si se le ofrece algo, me tiene a sus órdenes, concluyó.

      Enseguida invitó: ¿Gusta usted tomarse una cervecita conmigo?, ¿Un refresquito o un pulquito? Lo que usted prefiera. Francamente me sentí entre espada y pared. Pensé de inmediato; con la prontitud que exigía el momento. “Si no acepto” dirá que lo desairo, “si acepto” tal vez sea mejor. Señor, por cortesía, y por tratarse de usted como una persona distinguida y comprensible, me tomaré una cerveza. Esto le causó mucho gusto y una buena impresión de mí y comprendió que fui sincero con él y desde entonces prevaleció entre nosotros una buena amistad. A sus fiestas particulares o de cumpleaños, siempre fui uno de sus invitados. Nunca me presionó para que tomara más de lo que yo estuviera dispuesto.

      Me dediqué al trabajo escolar apoyado por dos maestros auxiliares pagados por la comunidad. Aspirantes al magisterio y con bastante empeño, Habían cumplido su instrucción primaria.

      Al transcurso de mi labor docente pude captar que entre mis alumnos mayorcitos había hostilidad, en sus miradas se reflejaban las malas voluntades. Portaban navajas llamadas “colas de gallo” o “charrascas” y cuando surgía entre ellos alguna ligera discusión, intentaban hacer uso de ellas para agredirse. Para evitar el uso de estas pequeñas y peligrosas armas blancas, adquirí un sacapuntas de uso colectivo advirtiéndoles que nadie debería traer navajas porque ya teníamos un sacapuntas para el servicio de todos Procedí a recoger las navajas sin que hubiera resistencia alguna. De esta manera logré desarmarlos armonizando la vida escolar. Se acabaron las reyertas.

      Por lo que respecta a los adultos la situación era extremosa. Todos andaban armados. Unos las exhibían públicamente, otros en forma oculta. Se ufanaban de su hombría y de ser de tierra de valientes o sea: “La tierra del pistolerismo”. Su fama se extendió en toda la región porque hubo abusos, arbitrariedades e impunidades.

      En cuanto a mí, trabajé con tranquilidad, porque nadie mi faltó al respeto y cultivé la amistad de todos.

      Pero quería saber algo más. ¿Por qué en este barrio de Mangas se arraigó el instinto o la intención de armarse e imponerse a los demás barrios del Municipio? Aplicando una encuesta verbal entre las personas de mayor edad y de confiar, encontré el motivo sin confirmar que pueda ser cierto o supuesto. Esta es la historia: Cuentan que un grupo de señores de los más resueltos de la región acordaron agregarse al ejército villista; se dirigieron al norte para ponerse a las órdenes del general Francisco Villa y combatir por la causa que él sostenía. El general los recibió e identificados rigurosamente los consideró como soldados suyos, pero los manifestó que su presencia era extemporáneos por que la revolución había llegado a su final, que regresaran a sus lugares de origen llevándose como garantía el apoyo del divisionario y con facultades para armar a sus partidarios. Fue así como al retornar se sintieron villistas armando a su gente y sentando su poderío y con el devenir del tiempo no hubo quién se les enfrentara y finalmente contaron con el apoyo del mismo gobierno.

      Sus fechorías se hicieron leyes “la del revolver”, lo que más tarde les produjo lamentables consecuencias.

      Este ambiente de hostilidades, muertes e intrigas de la vida interna de la comunidad, me impidieron ampliar la acción social de la escuela; procuré mantener la simpatía y el respeto que ya había logrado ante los padres de familia.

      La despistolización dictada por el Gobierno del Estado en esos años, causó los asesinatos de los cabezas de ambos grupos y de muchos de sus partidarios, persecuciones y crímenes manchaban de sangre a este pueblo. Viudas y niños huérfanos sufrieron la tragedia, pero sólo así retorno la paz junto con el progreso.

      Consigno un solo hecho deplorable que al finalizar mis servicios, sufrí en este lugar: Un grupo de señoritas y jóvenes de la misma localidad, me pidieron espontáneamente que les permitiera participar con un número en el programa que la escuela había preparado, lo que acepté en seguida. Cuando dio inicio el festival y se continuó con el programa y anuncié el turno de aquel grupo, otro grupo numeroso se opuso a esa participación. Traté de explicar el acuerdo pero en ese momento se adelantó un sujeto y me encañonó con su pistola al pecho, ordenando que yo acatara la petición del público. Suspendí el programa y me refugié en La Casa del Maestro.

      Al día siguiente, me dirigí a mis compañeros de la escuela de la cabecera municipal y les expuse lo ocurrido. Se solidarizaron conmigo y en protesta no me dejaron regresar.

      Pasados tres días, se presentó mi amigo, el político, dándome las disculpas y que yo regresara a trabajar, él se comprometía a llamarle la atención al que me había ofendido. Mis compañeros se opusieron y fijaron condiciones: Que se cite a una junta general de vecinos y que se presente al malhechor para que públicamente le pida disculpas. Que se levante un acta donde se comprometan los vecinos a responder por la seguridad personal de maestro y que se respete la institución educativa. Regresó el amigo y se llevó a cabo lo acordado. Mis compañeros me acompañaron al acto. Quedó liquidado el incidente. Terminé felizmente el ciclo escolar.

      En esos años realizaba mis estudios en la ciudad de México, en los cursos orales de la Escuela Anexa a la Nacional de Maestros, cada fin de semana, hasta que me gradué y finalmente logré mi titulación.

      Llenados todos los requisitos legales y con el título en mi poder, solicité mi cambio a la ciudad de México lo que se me por mediación de los dirigentes sindicales del magisterio del Distrito Federal.

      Mi estancia en esta ciudad fue muy provechosa profesionalmente porque acrecenté mis experiencias, mejoré mis conocimientos, amplié mis relaciones con los líderes y autoridades de la Secretaría, mas no así en lo económico por las propias exigencias de un medio urbano como es la ciudad capital del país. Mi salario fue insuficiente para cubrir una serie de egresos. Para mejorar mi economía busqué un trabajo extra que tampoco me dio resultado por incompatibilidad del horario. Me di cuenta que en ese medio no existe la fraternidad, la colaboración desinteresada, sino todo lo contrario, todo tiende a obtener una ventaja. La conciencia humana está deshumanizada. Desigualdades económicas muy marcadas, un sector con enormes fortunas, otro en un término medio y el último el que se debate en la miseria.

      Ante esta situación desesperante, resolví regresar a la provincia, después de cinco años.

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