Un año en el Cereso… su historia

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Por MARLENE GODÍNEZ PINEDA

*Pagaba hasta para subir a darle seguimiento a su caso en los juzgados; es de un hombre encarcelado por supuesto robo. Ya libre, nos platica sus penurias.

Solo quien ha vivido la experiencia de estar interno en un Centro de Readaptación Social (Cereso) puede contar lo que ahí se padece. Independientemente del motivo que lleve a una persona a perder su libertad, no deja de ser un ser humano que siente frío, hambre y miedo, que sumados al de por sí difícil momento por el que pasa, hace que su vulnerabilidad aumente ante quienes tienen el poder dentro de las celdas.

Es la historia de un hombre que el 28 de abril del 2015 perdió su libertad acusado del robo de una caja de herramientas. Salió absuelto después de casi un año de permanecer recluido en el Cereso de Tula, pero su paso por el penal lo dejó marcado y le ha costado recuperar su vida.

Originario del Estado de México, pero avecindado en Tepeji del Río, recibió su primera golpiza ese día, por la noche, cuando lo llevaron ante el comandante en la oficinas de la antes llamada policía ministerial en San Lorenzo, en Tula.

El “equipo vaquero” de los policías se encargó de ir por él a Tepeji y a las 3 de la mañana, ya del 29 de abril, ingresó al Cereso. Ahí comenzó la pesadilla de vivir el infierno en vida, porque a pesar del frío a esa hora le robaron el chaleco que traía. Por más que les rogó a los custodios que le dejaran esa prenda de vestir, no lo escucharon.

Y ya dentro en las celdas, internos le quitaron el resto de su ropa hasta dejarlo en calzoncillos. La ley de los que más tiempo llevan en el Cereso imperó. El comandante Javier le dijo que ya se había chin… El protagonista de esta historia pidió hablar con Liborio, el entonces director del penal, pero no se lo permitieron.

Lo dejaron diez días sin comer y a medio dormir; lo obligaban a lavar la celda y a descansar sin una cobija encima. Casi lo raparon, pero para entonces ya le habían conseguido ropa. En tanto una lesión en su pierna continuaba agravándose sin que oyeran sus súplicas para que lo llevaran al servicio médico.

El coordinador de celdas, asegura, le pidió cinco escobas, dos kilos de jabón, líquido para trapear y un bote de pintura, como cuota. Lo enviaron entonces a la celda con los cocineros, donde le pegaron algunos internos, como bienvenida; lo dejaron dormir en el suelo mojado y cubierto con una cobija mugrosa.

Le pedían dos refrescos Coca-Cola cada que se les ocurría a los custodios o internos. A las 4:30 de la mañana lo paraban para trabajar en la cocina, donde de igual manera le pidieron material de limpieza para poder estar ahí. Aunado a que le tocaban 10 reglazos en las manos cada vez que encontraban alguna piedra en los frijoles ya cocidos.

Limpiaba las habas, el arroz, las lentejas y los frijoles; además de picar zanahoria, papa y jitomate, lo que los cocineros requirieran para la comida. Durante cuatro meses estuvo en la cocina. En tanto su mujer pocas esperanzas le daba de salir libre, porque su hermano, quien lo acusó de robo, y un testigo de él mismo insistían en su culpabilidad.

Después de la cocina decidió ir la escuela para estudiar la primaria. Ahí estuvo dando dinero para que le dijeran cómo poder salir libre, pero sin resultado alguno. Hasta que decidió él mismo subir a los juzgados para preguntar por su caso, para lo cual tuvo que comprarle un refresco al custodio y así cada vez que iba.

El secretario de acuerdos del juzgado le aseguró que ya le había dicho a su esposa que se necesitaban 10 mil pesos para que saliera libre; pero todo le indicaba que ella estaba de acuerdo con su hermano para dejarlo en el Cereso por más tiempo.

Su calvario continuó porque un hombre apodado el Hamburguesa comenzó a molestarlo junto con Oscar, quienes igual le pedían dinero, en pequeñas cantidades, pero él no siempre tenía porque contaba con lo poco que su hijo le llevaba.

Un custodio lo acusó de robarle y lo arrastró como perro, asegura, hasta el apando, un cuarto frío donde lo tuvieron dos días sin comer y sin dormir. Asegura el señor que tuvo que llamar a Derechos Humanos y la licenciada Maribel le dijo que no podía hacer nada por él.

Escuchaba que le darían doce años y se desesperaba, porque dentro del Cereso la vida es muy difícil para quienes son nuevos, porque los amarran con lazos y para todo les piden dinero.

Poco a poco todo se fue acomodando a su favor, hasta que le dieron la noticia de su salida. No lo podía creer y con lágrimas en los ojos preguntó una y otra si era verdad. El 22 de enero del 2016 salió libre, luego de casi un año de vivir vejaciones y golpes en el penal.

Agresiones de todo tipo porque no tenía con qué pagar por ejemplo los tres mil pesos que le pedían para que no lavara trastes o por no hacer talacha. O los 500 pesos mensuales para no ser enviado al área de blancos, es decir de los sentenciados.

La droga fluye a través de El Chino que está afuera y se la da a custodios, ya adentro con los mismos internos se distribuye y vende.

Todo esto pasa, dice, con la aparente complacencia de directivos, por eso quiso contar su historia. Ya no quiere que haya corrupción al interior del Cereso y que dentro quienes la deban paguen sus delitos sin pagar por todo y sufrir todo tipo de vejaciones. *NI*

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